La fe después de la Misa
Cuando conocer las enseñanzas de Cristo no es lo mismo que llevarlas a nuestra vida cotidiana
Hay una pregunta que tarde o temprano aparece en la vida espiritual: si conocemos las enseñanzas de Cristo, si escuchamos su Palabra y sinceramente queremos seguirlo, ¿por qué nos cuesta tanto vivir como Él nos enseña?
Si lo pensamos, muchas veces sabemos perfectamente lo que tenemos que hacer. Sabemos que debemos perdonar, tener paciencia, controlar nuestras palabras, ayudar al que necesita, ser generosos, evitar juzgar, reconocer nuestros errores y pedir perdón. También entendemos que necesitamos dedicar tiempo a la oración, confiar más en Dios, amar al prójimo, cuidar nuestra familia y tratar con dignidad incluso a las personas que nos resultan difíciles.
No son ideas nuevas. Las hemos escuchado muchas veces, algunas desde niños. Aparecen en Misa, las encontramos en el Evangelio, las escuchamos en una homilía o surgen durante una conversación. Incluso podemos explicárselas perfectamente a otra persona.
El problema comienza cuando salimos de la iglesia.
Porque es relativamente fácil creer en la paciencia sentado en una banca un domingo. Lo difícil es practicarla el martes por la mañana cuando vamos tarde y alguien delante de nosotros conduce demasiado despacio. Es fácil hablar del perdón cuando pensamos en él como una virtud; es mucho más difícil cuando tiene nombre, rostro y una historia que todavía nos duele. Podemos comprender perfectamente la importancia de la humildad hasta que alguien cuestiona algo que hicimos. También podemos decir que nuestra familia es nuestra prioridad y, sin embargo, llegar a casa, sentarnos en el sofá y mirar el teléfono mientras alguien que amamos intenta hablarnos.
Ahí aparece la verdadera distancia entre lo que creemos y lo que hacemos.
La vida espiritual también ocurre fuera de la iglesia
Quizá por eso la vida espiritual no ocurre solamente cuando estamos rezando. También ocurre en la cocina, en el carro, en una reunión de trabajo, durante una discusión con nuestra pareja, cuando nuestros hijos nos interrumpen, cuando alguien nos decepciona o cuando tenemos la oportunidad de hablar mal de una persona que no está presente.
Es curioso. Podemos imaginar que los grandes momentos de nuestra vida espiritual ocurren durante un retiro, en una adoración o frente al altar. Y ciertamente pueden ocurrir allí. Pero muchas veces el verdadero examen llega unas horas después, cuando alguien hace exactamente aquello que logra sacarnos de quicio.
Entonces descubrimos cuánto camino nos falta.
No porque nuestra fe sea necesariamente falsa, sino porque conocer una verdad y permitir que esa verdad transforme nuestra manera de reaccionar son cosas diferentes.
San Pablo describió esta lucha humana de una manera extraordinariamente honesta: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.” Hay algo profundamente consolador y, al mismo tiempo, profundamente exigente en reconocer que esta batalla no es nueva. El ser humano puede querer una cosa y hacer otra. Podemos amar a Dios y seguir luchando con nuestro orgullo, desear ser pacientes y perder la paciencia, querer perdonar y continuar alimentando resentimiento.
Reconocer esa contradicción, sin embargo, no significa resignarnos a ella. Significa empezar a observarla.
Tal vez ayer dijimos algo que no debíamos decir o reaccionamos mal con alguien de nuestra familia. Quizá llevamos meses diciendo que vamos a perdonar a una persona, pero seguimos repasando mentalmente lo que ocurrió. Podemos decir que confiamos en Dios mientras intentamos controlar cada detalle de nuestra vida, o pedir constantemente que determinadas personas cambien mientras dedicamos muy poco tiempo a preguntarnos qué necesita cambiar en nosotros.
Ahí es donde la fe empieza a volverse profundamente personal.
Cuando lo que creemos empieza a convertirse en lo que hacemos
Llega un momento en el que ya no necesitamos otra explicación sobre la paciencia: necesitamos practicarla. Tampoco necesitamos necesariamente otra reflexión sobre el perdón; quizá ha llegado el momento de comenzar a perdonar. Podemos conocer perfectamente la importancia de la familia y, aun así, necesitar algo tan concreto como dejar el teléfono, sentarnos y escuchar. Y quizá no necesitamos aprender una nueva definición de humildad, sino tener el valor de mirar a alguien y decir: “Me equivoqué. Perdóname”.
Esas acciones pueden parecer pequeñas, pero quizá ahí ocurre buena parte de nuestra transformación.
La vida cristiana no se construye únicamente con grandes decisiones. También se va formando con cientos de elecciones pequeñas que casi nadie ve: callar cuando podríamos herir, escuchar cuando preferiríamos defendernos, ayudar cuando resulta incómodo, rezar cuando no sentimos ganas, agradecer cuando algo no salió como queríamos o pedir perdón sin agregar inmediatamente una justificación.
Son pequeñas decisiones, pero repetidas durante años terminan formando una manera de ser.
Aquí los hábitos y la vida espiritual se encuentran de una manera interesante. No porque la fe pueda reducirse a una rutina —no puede—, sino porque aquello que practicamos repetidamente va dejando una huella en nosotros. La paciencia se aprende practicándola; el servicio, sirviendo; el perdón, intentando perdonar incluso cuando todavía cuesta. La oración también necesita ser practicada, y el dominio propio se fortalece cada vez que aparece un impulso y decidimos que no tiene que gobernarnos.
Esta misma idea aparece desde otra perspectiva cuando hablamos de cómo nuestras decisiones repetidas terminan formando nuestros hábitos y nuestra manera de vivir. En el artículo “Sabes lo que tienes que hacer. Entonces, ¿por qué no lo haces?” exploramos precisamente la distancia que existe entre conocer algo y convertir ese conocimiento en comportamiento. En la vida espiritual, esa distancia adquiere una dimensión todavía más profunda: no se trata solamente de construir mejores hábitos, sino de permitir que aquello que creemos vaya transformando la persona que estamos llegando a ser.
La fe que se hace visible
Tal vez por eso la carta de Santiago resulta tan directa cuando habla de la relación entre la fe y las obras. No parece interesada únicamente en cuánto sabemos, sino en aquello que nuestra fe está produciendo en nuestra vida.
Y esa puede ser una pregunta mucho más difícil.
Podemos asistir a Misa todos los domingos y ser muy difíciles de soportar en nuestra propia casa. Es posible conocer profundamente las Escrituras y tratar mal a las personas, hablar constantemente de Dios y vivir comparándonos con los demás, o defender públicamente nuestros valores mientras somos incapaces de pedir perdón en privado.
Esa contradicción debería incomodarnos.
No para vivir culpándonos por cada imperfección, sino para evitar una vida espiritual en la que aprendemos mucho, hablamos mucho y cambiamos poco.
Quizá por eso, de vez en cuando, valdría la pena hacer un examen muy sencillo. No preguntarnos solamente cuánto hemos rezado o cuánto conocemos nuestra fe, sino mirar honestamente quiénes estamos siendo. ¿Soy un poco más paciente que hace un año? ¿Perdono con mayor facilidad? ¿Escucho mejor? ¿Estoy más presente con mi familia? ¿Necesito tener siempre la razón? ¿Soy capaz de reconocer cuando me equivoco? ¿Trato bien a las personas cuando no necesito nada de ellas? ¿Mi fe está produciendo algo visible en mi manera de vivir?
No tendremos respuestas perfectas. La vida espiritual tampoco es una línea recta. Habrá días en los que avancemos y otros en los que volvamos a reaccionar exactamente como juramos que no volveríamos a hacerlo.
Pero podemos levantarnos y volver a intentarlo.
Quizá ahí también está la belleza de la vida cristiana. Dios no nos pide que lleguemos mañana convertidos en la persona que tardaremos toda una vida en llegar a ser. Nos invita a seguir caminando, a convertirnos, a regresar cuando nos alejamos y a permitir que su gracia vaya transformando aquello que todavía no sabemos gobernar.
Por eso, cuando alguna vez pensemos: “Yo sé perfectamente lo que debería hacer, ¿por qué no lo hago?”, quizá no necesitemos buscar inmediatamente otro libro, otra homilía o una nueva explicación para sentirnos preparados. Tal vez ya conocemos el siguiente paso: llamar a esa persona, pedir perdón, guardar silencio cuando nuestras palabras van a herir, dejar el teléfono para escuchar, servir cuando preferiríamos que nos sirvieran o encontrar unos minutos para volver a la oración.
No necesitamos hacerlo todo hoy.
Pero quizá sí necesitamos empezar por algo.
Porque llega un momento en nuestra vida espiritual en el que la pregunta deja de ser solamente qué creemos.
La pregunta empieza a ser qué estamos haciendo con aquello que creemos.
